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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

domingo, 15 de enero de 2012

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No sabía cuánto tardaría. Desde la melancólica melodía de un compositor impresionista ya olvidado, desvanecido, se yerguen las misteriosas sombras que a la soledad y oscuridad acechan, perpetuas, sempiternas, tocándose y separándose, como dos enamorados bailando una danza de salón un tanto arcaica. Son sombras que se juntan y se atan para hacerse más grandes en el confín de la esquina de una lúgubre habitación, casi infinita. Son pesadillas que amenazan y te apuntan con el cañón de una pistola cargada, y es como si me gustara el sabor del metal en mis labios. Son recuerdos obsoletos que te ahorcan con su leve memoria, y es como si me gustara el tacto de la soga en mi cuello.

Se desvanecen para aparecer más enormes y más negras todavía; y en el blanco de mis ojos se puede ver reflejada la cara del horror en las bocas de esos tenebrosos delirios de madrugada. Es enero todavía, y puedo oler las marchitas flores mustias quemadas por la ceniza en el balcón de mi terraza, esperando la primavera que acecha pero nunca aparece de momento en un menos cuarenta y cinco de marzo de enero.
Y en mis secos labios desciende un lágrima de lluvia, el cielo lloraba esta tarde. Y la gota caía de mis cielos por mis mejillas, silbando veloz por la lentitud de su paso, dejando llagas a piel viva y heridas sin cerrar, bajando con un cosquilleo inmortal en mi cara y en mi rostro, que refleja pena y ansia todavía por el recuerdo de aquello que creía olvidado, revivido hoy, con ciento sesenta y ocho lágrimas caídas, por ciento sesenta y ocho imágenes suyas.

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