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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

sábado, 14 de enero de 2012

Enero

Y aquella mañana del catorce de enero de un dos mil doce, fría, gélida, tenebrosa, se erguían las nubes que peligrosas acechaban negras de lluvia como las que más, un ciclón y un huracán fundidos en un beso, amenazaban a nosotros los humanos con su hiriente sombra.

Y nevó.

Y siguió nevando copos blancos y afilados, y perfilados en su forma fractal, casi perfecta, por no decir perfecta. No podías evitar dejar la boca abierta para sacar la lengua y sentir el frío y la pureza de la nieve, que renueva caída desde cientos de metros desde el cielo.
Y siguió nevando y el blanco cubrió las calles, pálidas ahora. Y los coches no se veían y las calles estaban blancas, y un singular peatón cruza lo que parece ser un paso de cebra al que le falta el negro. Un semáforo en verde parpadea lo que parece ser la luz entre una fina capa de hielo que cubre la pantalla.
La gente no camina. Está aguardando lo que viene encima desde el cálido perfume de su salón. Mientras una persona pasa frío, y muere lentamente, fundiéndose mientras el frío derrite sus miembros, estáticos ahora. Es invierno, es invierno todavía.
Y ya no hay más sombras y no hay más nada, solo blanco, luz que no refleja nunca más, es solo blanco, blanco y nada más.

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