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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

lunes, 9 de enero de 2012

Humanos, solo eso, humanos.

¿Qué es un día? Veinticuatro horas, mil cuatrocientos cuarenta y cuatro minutos, u ochenta y seis mil cuatrocientos segundos. Tiempo suficiente para hacer de cada día un día distinto, un día nuevo o un día especial. Y suena difícil de creer o duro de llevar. Cada cual tiene su pasado, su presente y su futuro, cada uno tiene sus problemas y sus inquietudes, sus miedos e inseguridades. Pero no merece la pena pasar ni un segundo más de vida pensando en cómo avivar la llama de cada uno, si lo que necesitas es más fuego.
Y suena un tanto hipócrita por mi parte decir esto mientras gasto aproximadamente veinticuatro segundos por cada punto y seguido. En una hora son ciento cincuenta puntos y seguidos, algo más de tres mil seiscientos por día.

Y es que no hay consuelo ya para un alma mortecina, que susurra triste el lento pesar de su cuerpo mientras camina y oye el rugir de los segundos a su espalda. El tic tac de una bomba llegando a su cuenta atrás; y mataría ahora mismo por cualquiera que tuviera tiempo para revivir el mío, y darle fuego a la llama de una vida que se apaga, en la oscuridad de una habitación encerrada en el humo de un cigarro mal apagado, a las dos y dieciocho de la mañana.

¿Qué se puede conservar de nosotros mismos? Apenas quedará más que el moho de nuestros restos en las tumbas. Y lo poco que podemos ser capaces de conservar, y de revivir es nuestro espíritu, nuestra consciencia. Un concepto un poco arcaico para alguien ateo pese a las vicisitudes del destino. Ví en una película un tanto infravalorada, revivida ahora, que apenas todo lo importante, lo que realmente nos marca, se puede conservar en tan solo una pulgada de papel. Una pulgada, la que nos hace únicos, diferentes, y humanos. Algo más que el tamaño de un dedo gordo del pie es todo lo que guardaremos con nosotros en nuestro final.

Y aquí termina más o menos todo esto, con una pulgada que será lo que ocupe. Mientras busco encontrar un camino hacia mi fuego, o perderme con el peso muerto de mi vela por el que ya he encontrado.

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