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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

sábado, 21 de enero de 2012

Punto y seguido

Una gota, que se desliza suavemente por el cristal de un vehículo, esquivando como puede los golpes del parabrisas que amenazan con quitarle la vida. Aunque a ella no le importa, sabe que ellas son más y que tarde o temprano llegarán a cruzar el otro lado del cristal. En la corte-cultivo de gotas, ella es una gota superior.

Se crea una especie de recreación de la batalla de Stalingrado, las gotas mueren una a una, sufriendo, torturadas por la maquinaria alemana del parabrisas del Mercedes del ochenta y siete que surca las carreteras de una ciudad que poco tiene que ver con la Segunda Guerra Mundial, perdiendo sus vidas sin sentido aparente, y apareciendo y reapareciendo al otro lado del cristal.

En la corte-cultivo de gotas, las familias tienen miedo, y las mujeres se despiden de sus maridos que van a la guerra con una lágrima (qué irónico, ¿verdad?). Los hijos no entienden que sucede, y al poco tiempo las cartas en forma de polvo llegan a las nubes, donde lloran por la pérdida de los más bravos soldados de la corte-cultivo de gotas.

Pero la naturaleza parece ponerse a favor del numeroso pero diminuto ejército de monóxido de hidrógeno, y los rayos caen y el viento sopla, nieva, rugen los tornados y los huracanes, los aliados contra el eje parecen poner todo su empeño en derribar la poderosa fuerza del coche alemán.
Es una batalla dura, las gotas corren por el cristal para caer, entrelazándose, volviendo a separarse y cruzándose de nuevo otra vez para evitar la carga de no solo ahora los parabrisas, giros del vehículo que parece derrapar por la carretera ahora empapada ponen a nuestros soldados en un grave apuro, pero aparece un héroe, una gota salvaje, la gota reina de la corte-cultivo de gotas, que se yergue entre todas con su fulminante marcha y su paso sin meditaciones previas, y llega, como llego Edmund Hillary exhausto al Everest, como llega el corredor de una maratón, casi muerto, y se cuela en el Reichstag del automóvil, colapsando las máquinas y dejando la entrada a sus compañeras. Todas juntas inundan el motor y acaban con el coche. Es una batalla dura. Se oyen los rugidos ahogados de los alemanes y la rabia en forma de golpecitos en los cristales de las gotas. Es David contra Goliat, pero esta vez hay miles de David. El Reichstag se incendia, todo se acaba. La corte-cultivo de gotas ha ganado la guerra, han acabado con todo. Solo humo.

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