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Alcalá de Henares, Madrid, Spain
Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Latidos inconclusos que se pierden con el más leve roce.

Y aquí estás, aquí te encuentras. Tirado en la cama, buscando entre bocanadas de aire suelto un susurro en el vacío que te haga sentir como debería sentirse todo ser vivo, con vida. Mientras paseas tu mirada lentamente sobre el techo, amarillo del humo que desde hace tiempo invade la soledad del oxígeno apenas presenta ya, contando todas y cada una de las gotas del gotelé del techo que tanto odias, pero cuyo tacto rugoso admiras, frío, sentimental, lo tocas y observas pese a que como si de lija se tratara, te rasgara la piel poco a poco, pero te gusta esa sensación que tanto añoras. Y te haces daño del solo hecho de pensarlo, es una tarde cualquiera de recuerdos encerrados en baúles de diamante bajo tumbas de granito, porque como si se tratara de residuos nucleares, pese a creerlos extinguidos, afloran con la primavera, son flores al fin y al cabo, de cuyo número de pétalos caídos contando uno tras otro la estereotipada frase que los enamorados una vez inventaron para creer en la posibilidad de que aquello a lo que triste y enojadamente amor llamaban.
Te crees muerto, pero sorprendentemente respiras fuerte, una y otra vez porque tu corazón late deprisa. Tienes la sensación de que algo grande, algo importante va a suceder, pero te extraña ver que puedes pensar todavía impulsivamente, como si de algo que no fuera un robot se tratara. Recuerdas aquella melodía en sueños interpretada, y derramas una fina y triste lágrima de vidrio, que como si un escalofrío fuera, te recorre la mejilla de punta a punta, recordándote que al fin y al cabo eres una persona. Y dejas que la gota de agua perfumada con amargura de mil siglos encerrada en las cuencas de tus ojos vacías por el hundimiento de aquello en lo que no crees y a lo que con fe recurren otros, te escuece la cara porque al fin y al cabo esta hecha de ese ácido que tanto duele al recordar. Cierras los ojos. Los vuelves a abrir, y enrojecidos de las tempestades que desde el cielo lloran azufre, miran compasivos pidiendo clemencia a ellos mismos, cuyo sonido ruge a gloria y pena. Es lástima lo que sientes por ti mismo, tan hundido en la miseria como siempre, tratando de despejar con rostros sin luces y sombras sin vacío lo que antaño creías saludable y no dañino. Pero una más vez te equivocas, es un error que cometes nuevamente, pero que no se llama error, sino elección, de la que tanto miedo tienes.

Cierras los ojos, es miércoles. Miércoles de sangre, miércoles de lágrimas, miércoles de miedo.

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