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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

domingo, 26 de febrero de 2012

Momentos incómodos que pesan en la almohada.

Y se hizo el silencio. Aunque apenas duró un instante, apenas una décima de segundo hasta que ella habló pidiendo disculpas entre líneas por aquel atrevimiento. Pero él no la escuchaba. Él estaba absorto, como hipnotizado, enmarañado  o engatusado por el eco de sus palabras que resonaban en su cerebro como dos notas musicales perdidas poco a poco en un mar de silencios. Y él la miró a los ojos. Por primera vez no sabía qué hacer. Estaba nervioso, no se lo esperaba. La situación se le iba de las manos. La volvió a mirar. Lo mismo. Nada. No sabía qué hacer y se devanaba los sesos pensando la manera más adecuada de romper el inusitado silencio, pero nada se le ocurría, el sonido le distraía. La volvió a mirar, y como desesperado, la besó, como tratando de apagar con fuego el incendio de la flor de loto que ardía en su estómago. Ninguno de los dos cerró los ojos, tenían miedo, y querían saber como miraba cada uno. Acertaron. Y el beso duró o que fue necesario para ocultar la pesadez de la perturbadora presencia de las frases de ella. Pero pronto volvían a mirarse como antes. El beso fue efectivo. Al fin y al cabo, él se moría por dentro por confesarle a ella todas y cada una de las cosas que se guarda para sí. Es huraño y piensa que hay cosas que es mejor que nadie sepa. Ella lo sabe y espera impaciente a que algo se desarrolle, pero él es un cobarde. Al final, la presencia se fue disipando hasta permanecer casi marginada, sin vida. Pero cada vez que cerraban los ojos, no podían pensar en otra cosa que no fuera aquello de lo que ambos dos más miedo tenían.

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