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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Final

Llaman a la puerta, es extraño; creías estar solo. Así que confiado, depositas cuidadosamente tus afilados dedos sobre el picaporte de plomo que pesa una barbaridad cuando no acostumbras a abrir puertas ni a recibir visitas y lo giras delicadamente hacia la izquierda. De repente, oscuridad invade la sala. Ves negro, completamente negro, y sientes frío, mucho frío. Y una suave neblina te impide ver salvo el rojo de unos ojos que parecen rubíes, y que brillan incluso por el reflejo de la luz sobre las pequeñas gotas de agua de la neblina. Tienes miedo y te invade la angustia. Corres todo lo que puedas intentando escapar de la casa que te atrapa haciéndose más y más grande cada vez. Es como si corrieras en una cinta de éstas que tienen los supermercados para pasar más rápido los productos. Vas cayendo poco a poco al suelo, como si de un imán se tratase y tu estuvieras hecho de hierro. No puedes evitar las náuseas, los mareos y el vértigo que te da ver la imagen que tras de ti te persigue. Con una media luna afilada atada a un mástil de barco naufragado, llevando consigo los cuerpos sin vida de mil hombres, y arrastrándose entre las sombras que ellos mismo produce, y tú, petrificado, no puedes sino esbozar una sonrisa mientras esperas lo que llevabas aguardando con pánico y pena toda tu vida.

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