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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

lunes, 19 de marzo de 2012

Primera sesión el la terapia de la muerte

Lisa era joven cuando descubrió su secreto. Recuerda perfectamente el momento exacto. Tenía unos ocho años por aquel entonces, y solía salir a jugar con los otros niños en la calle; era verano todavía. Se entretenían tirándose por el tobogán o saltando de los columpios para ver cual de ellos era más valiente y se atrevía a saltar más lejos. Pero aquel día de agosto, Lisa dejó de mirar a los niños como les miraba antes. Ya no veía personas, había dejado de verlas. Para ella, los seres humanos no eran ya nada más que algo que se podía escribir sin apenas dificultad en el dorso de un folio en blanco. Lisa perdió aquel día la ilusión y las ganas de ser joven; se puede decir que lo perdió todo. Jamás volvió a ser la misma, algo en ella había cambiado, algo que asustaba incluso a la propia Lisa.

Ya no jugaba con los niños de su edad, y en los recreos, en lugar de salir a divertirse, se dedicaba a ojear libros de portadas gruesas y antiguas en una esquina del patio que solamente ella conocía de tal manera que nadie nunca llegara a descubrirla. Se podía ver el interior de Lisa con tan solo una profunda mirada al interior de sus ojos negros como el azabache, su pena y angustia se reflejaba en ellos como un espejo, y en su pelo oscuro y enmarañado, al igual que en su estatura media y en su cuerpo, tan delgado que si se llega a poner de perfil, se volvería prácticamente invisible.

Tenía miedo. Tenía miedo del mundo, de la gente, de ella misma... tenía miedo de todo. Lisa se solía referir a ella misma como "cámara de fotos automática", sí, así era como realmente le gustaría que la llamasen, porque una cámara de fotos no olvida, simplemente se limita a recordar imágenes del pasado. Y en la corte de cámaras de fotos automáticas, ella era una cámara superior.

Desde aquel día soleado, feliz, sin importancia, uno de esos días que la gente apenas recuerda, Lisa dejó de hablar. Llegó a casa con un rostro distinto, una mirada nueva, una cara diferente. Sus padres, todavía sin haberse dado cuenta del secreto que Lisa ocultaba, le preguntaron amablemente qué tal se lo había pasado, y ella caminó triste, arrastrándose por los pasillos de la casa sin decir una sola palabra, hasta su habitación.

A los dieciséis años, Lisa seguía sin hablar, no tenía amigos, y sus padres, producto de la angustia y de la desesperación decidieron consultar con una psicóloga bastante bien formada y con buena fama sobre los comportamientos autistas de su hija. Lisa fue sin rechistar a la consulta de la doctora. Ni un solo gesto cambió en su rostro cuando sus padres le informaron de la cita.
Antes de salir de casa, Lisa cogió el bloc de notas amarillo que tenía que haber usado para las clases en el instituto y escribió con letras grandes, en rojo, de título: PRIMERA SESIÓN EN LA TERAPIA DE LA MUERTE.

Ya en la consulta, la psicóloga le pidió a los padres de Lisa que abandonaran la sala y que esperasen fuera. Comenzó a mirarla con sonrisa de prepotencia mientras le preguntaba cosas tan triviales como su edad o su nombre. Sabía de sobra que en el dossier que llevaba sostenido sobre las piernas aparecerían cosas que ni la propia Lisa sabría de sí misma, así que se limitó a mirarla de frente y permanecer callada. Le ponía de los nervios ver que la psicóloga le trataba como si fuera retrasada, pero no podía hablar, ella jamás había escuchado su propia voz, o al menos, no se acordaba de como sonaba. No abrió la boca, como si no fuera ya bastante suplicio aguantar las constantes burlas de la doctora, aunque ni ella siquiera se imaginase lo que a Lisa se le estaba pasando por la cabeza en aquel preciso instante.

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