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Alcalá de Henares, Madrid, Spain
Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

domingo, 27 de mayo de 2012

I

Las olas gritan sus nombres,
como consolando con su llanto su eterna marea
y brillan con la luna y su reflejo,
viven en el espejo,
de su mar de lágrimas en "donde quiera que sea"
aquel paraíso que confortaba a los hombres.

Y yo me miro de nuevo desde entonces,
gritando y llorando para que ella me vea,
suplicar por su cortejo,
disfrutando del festejo,
entre horas de carmín y besos de apnea,
de la corte-cultivo festejo de pronombres.

lunes, 21 de mayo de 2012

Hay días.

Hay días, por ejemplo, en los que la noche deja de parecer triste. Y hay días en las que las nubes golpean tu rostro y el viento grita tu nombre. Hay días, por ejemplo, en las que las sombras son luces, y las luces dejan de serlo. Hay días en los que las lágrimas no son más que agua, y las heridas son solo cicatrices. Hay días en las que el cielo te espera y el sol te sigue. Hay días en los que la luna es tuya y solo tuya. Hay días en los que dejas de vivir muerto, para morir viviendo, y días en los que en lugar de morir de noche, vives de día. Hay días en los que mueres de vida, y noches, en las que vives de golpe. Hay días en las que soy tus noches, y noches tuyas, que son mis días. Hay días en los que tu lado se hace eterno, y noches eternas en las que sin tu lado no son noches. Hay días, por ejemplo, en los que la luna brilla más que nunca a tu presencia, y noches en las que el sol se cierne sobre tu imagen. Hay días en los que duerme por no verte, y noches en las que despierto, por haberte visto.

sábado, 19 de mayo de 2012

Escondido entre bastidores.

La chica del portal número trece, que pasea lentamente el canto nostálgico de su felicidad pasajera, absorbiendo el húmedo asfalto que corre por sus venas tras la tormenta primaveral de un uno de mayo. Carente de sentidos, su pelo oscuro, mecido por el viento, anudado tras el revés del golpe de aire en un vehículo motorizado, es balanceado cortésmente por la fragancia entre el tupido velo de la soledad inerte que es su paso. Marcando con pisadas de diamante su rostro rasgado por las cicatrices del pasado a través de charcos de Neptuno y rayos de Apolo, la pesante figura de la chica de carretera, cadáver insostenible cuando el paso de las cuerdas llega al final de su función, llega a su tumba. Ella huele a lágrimas de bourbon y aliento a melancolía, de un sábado cualquiera en los brazos de su poderosa cárcel de fuego. Huele a cenizas y azufre en el interior de su marchita rosa, cantando dulcemente la melodía de su cuento, rondando el pareado de su enseñanza. Habla con los árboles y saluda a los animales, en esa completa armonía que siente con la naturaleza habiendo dejado atrás el humo del tabaco que fuman los tubos de escape, y el murmullo con su eco de las voces de esos indigentes sin rumbo. Y cuando las luces del escenario se apaguen y no quede nadie sentado entre el público, la rosa de este cuento de hadas se pudrirá, inundando el suelo de madera de un rojo carmesí, más propio del infierno que de una obra de teatro.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Palabras sin final, sentimientos con corazón.

A veces, se sienta en el sillón de terciopelo donde aún sigue guardado el alma que antaño habitaba la soledad de la butaca con respaldo. Agacha la cabeza y cruza las manos, como conociendo perfectamente la simetría que encuentra en ellas, y piensa solo, buscando la cadencia perfecta con el cabeceo de su cráneo, tan superficial como siempre, y el tic tac del reloj, acompasado con el ritmo de sus pies, tocando pedales invisibles de mágicas baterías que nadie más que él puede ver. Saca los índices de la cueva que ha creado con el resto de sus dedos y los pone uno frente al otro, en una pelea de fuerzas igualadas, esperando al empate con el sonido del ring y el final del primer a salto. Entonces, de repente, cruza una pierna, haciéndose notar el susurro del roce de sus vaqueros y el golpeo de la rodilla con la madera del sillón. Gira la cabeza hacia un lado, y haciendo uso de la perspectiva del mundo, poco visible con el alto respaldo del sillón verde, ve la silueta algo ennegrecida por las sombras de la esquina y el marco de la puerta de un cuerpo que en ciernes se aproxima a perturbar la soledad silenciosa del ente material, y su sillón.

Se levanta, cansado, arrastrando los calcetines que cubren sus indefensos pies sobre el suelo encerado, acercándose lentamente hacia el anticuado tocadiscos, cogiendo con suavidad la funda del disco de vinilo, sacándolo de su cárcel de cartón como si se tratase de una pluma. Sopla el contorno de la aguja y depositando cuidadosamente la pieza arcaica sobre la plataforma, pulsando la tecla del piano ahora con la forma del botón de inicio, dejando sonar una melodía un tanto triste, porque suena melancólica, aunque ningún acorde menor suena con la guitarra. Y la pesante voz de un joven Leonard Cohen hablando del misticismo de Suzanne, la protagonista de la obra, de la cual siempre habló con nostalgia, pese a que la sigue conociendo, y nunca dejó de conocerla. El cabeceo constante de su cuello, sempiterno, parecía no tener final según los versos aproximaban a su fin, aquello era poesía en estado puro, y el sujeto, narrado en tercera persona para no parecer obsesionado consigo mismo, lo siente, y de vez en cuando se permite mover los labios, cantando al ritmo del poema-canción, tratando de pronunciar cada palabra con rigurosa precisión, aunque el perfeccionismo no le gusta, él trata de ser el compositor, sintiendo cada palabra, cada sentimiento, tal y como cree que él lo quería interpretar. Y Suzanne, en el fondo, no era más que una amiga, con la cual Leonard Cohen no tuvo ninguna relación más íntima que el hecho de conocerla, de hecho, estaba casada, pero qué sería para él el matrimonio. Jamás estuvo casado, pero eso no le alentó nunca a no estar enamorado.

sábado, 5 de mayo de 2012

Divagaciones.

Y ahora sabes un poco mejor qué es lo que buscas. Llevas una vida buscando, surcando entre aquellos oscuros callejones, sucios y mojados, la mísera retina del ojo que solo a ti te puede ver, llevas buscando demasiado. ¿Y todo eso para qué? Para no hallar más que una duda tras otra, reflejada en el semblante serio del dorso de un papel o en la pantalla de un ordenador, para no hallar más que una minúscula transformación, que vuelve a ti en el más oscuro día de primavera. Porque sigues sin encontrar nada, aunque todo parezca que mejora, toda la felicidad que encuentras es efímera, y se convierte en nostalgia al poco de finalizar el escaso periodo de euforia que sientes por ejemplo, ayer a las siete de la tarde, para volver en esa disforia a las doce, y vuelta a la normalidad a las nueve de la mañana del día siguiente, para conventirse de nuevo en pena y lástima a la una y veinticinco, y así, el rutinario ciclo de un muerto viviente. Solo somos cadáveres.

Te gustaría no tener cuerpo, y en el fondo, confías en que no lo tienes, tan solo son ideas, que se pierden en el eco del último suspiro y del canto desconsolado de un ánima en ciernes, en solo un alma, sin nada más que ella misma, surcando el limbo frío pero tierno, sin arrojar la más mínima importancia a la vida que te atrapa. Platón tenía razón, el mundo es una cárcel, un castigo y una trampa, de la que solo es posible escapar recurriendo a la muerte, ahí es donde se encuentra la única salvación, el único modo de conocer lo que es, realmente, la verdad.