Datos personales

Mi foto
Alcalá de Henares, Madrid, Spain
Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Palabras sin final, sentimientos con corazón.

A veces, se sienta en el sillón de terciopelo donde aún sigue guardado el alma que antaño habitaba la soledad de la butaca con respaldo. Agacha la cabeza y cruza las manos, como conociendo perfectamente la simetría que encuentra en ellas, y piensa solo, buscando la cadencia perfecta con el cabeceo de su cráneo, tan superficial como siempre, y el tic tac del reloj, acompasado con el ritmo de sus pies, tocando pedales invisibles de mágicas baterías que nadie más que él puede ver. Saca los índices de la cueva que ha creado con el resto de sus dedos y los pone uno frente al otro, en una pelea de fuerzas igualadas, esperando al empate con el sonido del ring y el final del primer a salto. Entonces, de repente, cruza una pierna, haciéndose notar el susurro del roce de sus vaqueros y el golpeo de la rodilla con la madera del sillón. Gira la cabeza hacia un lado, y haciendo uso de la perspectiva del mundo, poco visible con el alto respaldo del sillón verde, ve la silueta algo ennegrecida por las sombras de la esquina y el marco de la puerta de un cuerpo que en ciernes se aproxima a perturbar la soledad silenciosa del ente material, y su sillón.

Se levanta, cansado, arrastrando los calcetines que cubren sus indefensos pies sobre el suelo encerado, acercándose lentamente hacia el anticuado tocadiscos, cogiendo con suavidad la funda del disco de vinilo, sacándolo de su cárcel de cartón como si se tratase de una pluma. Sopla el contorno de la aguja y depositando cuidadosamente la pieza arcaica sobre la plataforma, pulsando la tecla del piano ahora con la forma del botón de inicio, dejando sonar una melodía un tanto triste, porque suena melancólica, aunque ningún acorde menor suena con la guitarra. Y la pesante voz de un joven Leonard Cohen hablando del misticismo de Suzanne, la protagonista de la obra, de la cual siempre habló con nostalgia, pese a que la sigue conociendo, y nunca dejó de conocerla. El cabeceo constante de su cuello, sempiterno, parecía no tener final según los versos aproximaban a su fin, aquello era poesía en estado puro, y el sujeto, narrado en tercera persona para no parecer obsesionado consigo mismo, lo siente, y de vez en cuando se permite mover los labios, cantando al ritmo del poema-canción, tratando de pronunciar cada palabra con rigurosa precisión, aunque el perfeccionismo no le gusta, él trata de ser el compositor, sintiendo cada palabra, cada sentimiento, tal y como cree que él lo quería interpretar. Y Suzanne, en el fondo, no era más que una amiga, con la cual Leonard Cohen no tuvo ninguna relación más íntima que el hecho de conocerla, de hecho, estaba casada, pero qué sería para él el matrimonio. Jamás estuvo casado, pero eso no le alentó nunca a no estar enamorado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Retrátame