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Alcalá de Henares, Madrid, Spain
Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

martes, 11 de diciembre de 2012

La soledad de los electrodomésticos III

Él es de los que miran bajo, como escondiéndose del ajetreo y del bullicio en el tráfico de una calle, y ella es de las que miran a las nubes, al cielo y a la luna. Él es de los que no soportan el ruido, y vive inmerso en canciones que huelen a lágrimas, mientras ella rezuma calor en sus pensamientos. Ambos detestan los semáforos en rojo y las colillas en la playa. Pero el es más de Tolstoi, Allende y Goytisolo, mientras ella lee a Poe, Lovecraft y Allende. A los dos les encanta el olor de césped recién cortado y la fragancia del asfalto bajo la lluvia. Están enamorados de la la arquitectura moderna y de Magritte, Gauguine y Van Gogh, así como de las noches con estrellas, las fotos de Polaroid amontonadas, las camas sin hacer y el sonido de las cuerdas de un piano a medianoche. Ellos son de los que olvidan con facilidad y se enfadan con poco. De los que escriben marchitas obras de papel en las baldosas húmedas de un lavabo a las tres de la mañana, o de los que aman el arte, aunque sean unos pésimos dibujantes, o pintores. Él es de los que aburre con su monótona rutina, y ella de las que siente que todo conocimiento es necesario. Ambos son frutos del producto de un Nietzsche inconsciente y de un Freud psicótico, de un Hemingway depresivo y de un Rimbaud maldito. Pero lo llevan bien, al menos uno de los dos, ya que él es de los que aman en silencio, y ella de los que huyen del amor. Pero aún queda tiempo para las doce campanadas.


domingo, 9 de diciembre de 2012

La soledad de los electrodomésticos II

Todavía al pensar le entran arcadas. No de asco, sino miedo, pero ahí están. Su ritmo cardíaco aumenta y el movimiento de sus párpados acelera, como tratando de acostumbrarse a una luz que no existe. Da un repentino salto hacia atrás e hinca sus ojos en las órbitas, mirando con sorpresa algo que todavía no concibe bien, y ya no le queda otra que correr. Y arrastra su fatigado cuerpo de noches en vela y palabras incandescentes, sin meta más la que alcancen sus húmedas zapatillas, sus quejosos vaqueros azules y su alma en cantinela encandilada, doblando cada esquina o agachando la cabeza si él lo cree necesario. Es un andrajoso transeunte, de esos que ni visten ropa cara ni sintonizan la emisora de ninguna radio. De vez en cuando, esboza una sonrisa falsa y emula un saludo con la mano. Tal vez respire más de la cuenta alguna que otra vez, o exponga al frío sus manos de bolsillo para encender quizás el pálido filtro de un cigarro mal apagado. Es un amistoso solitario, de esos que miran mal porque no miran nunca, de los que imagina las calles vacías y la gente sin cara, doblando la manzana a través del desde fuera ruido de sus cascos, que gritan por él en el infierno de su ruta dantesca, a la par que sigue su rutina de un Bacon suicida o un Munch perplejo.
Por las noches, la luna se cierne sobre él y el pálpito encendido de su anti-alegre tránsito, citando a Schopenhauer a las dos de la mañana, reverberando el eco de su voz podrida entre los adoquines de un callejón de diciembre y nieve, hasta caer rendido en la soledad de neón de un garito perdido lejos de su casa, a merced de ella o de sus sueños, equivalentes para este ignominioso personaje de pocas luces y demasiadas sombras.
Y en el percance de esta súbita muerte, repentina desdicha de un irónico carácter, se ve abalanzado por ella en una barbarie de lágrimas y charcos que se mezclan con el alcohol y podredumbre del tráfico y el humo que apesta a respiro y tranquilidad. Inmóvil y perplejo, ella acecha, y le coge fuertemente del brazo, permitiéndole una incorporación al mundo sensible casi eléctrica. Le susurra al oído:

-¿De qué tienes miedo? -pregunta, conociendo la respuesta del ingenuo narrador, que aún no ha caído preso de la sutil broma que le rodea-.

-¿De qué tengo miedo? -responde-. Tengo miedo de mí. De mí sin mí. De ti sin mí. De mí sin ti.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

La soledad de los electrodomésticos






Recuerdo que hubo en día en el que me echaste de menos. Aún recuerdo la tímida sonrisa y el amistoso arqueo de cejas. Era invierno y éramos en enero, febrero, el mes no importa. Las nubes tapaban el sol, y el frío curtía los nervios, tanto, que era posible cortarlo en pedacitos, como si de esas margaritas deshojadas se tratara. Yo solía mirar al suelo, como siempre, plagado de las inútiles hojas casi grises que los árboles repudian, y navegaba inmerso entre el humo de cierto tubo de escape, zambulléndome buscando la felicidad en el fondo de un vaso de apestaba a alcohol y soledad. Y de repente, esa melodía  repetitiva que surge de la nada en tu cabeza, e interrumpe el tránsito de casi nada en ti mismo. La sorpresa, que vino a raíz de las hojas, el frío y suelo, trató de levantarme aquello que por su función llamamos cabeza. Entonces la vi, te vi. Una escueta bufanda te cubría el cuello, y el abrigo azul de terciopelo falso abrigan poco, y los ojos te brillaban, aunque solo levantases la vista para no dar otro paso en falso.
Poco a poco tratamos de desviarnos en diagonal y evitar ese poco de contacto humano que nos quedaba, hasta casi rozar nuestras ropas con la pared del callejón y los árboles. Pero el camino era estrecho, y mi voluntad débil. Como si de un imán se tratara, me vi haciendo eses vergonzosamente hacia ella, y ella hacia mí, hasta que la proximidad se hizo tan cercana que no haber abierto la boca hubiera sido terrible. Balbuceé un poco, pero ella tenía la palabra:

-¿Sabes? Ahora me doy cuenta del error que cometí. - dijo ella-

Estaba hecho un manojo de nervios, y hasta entonces no fui enteramente consciente del frío que hacía, ni del calor que tenía. Las hojas y el suelo dejaron de tener la más mínima importancia. Abrí y cerré la boca en un intento de emitir aunque fuera un ruido sordo, pero ni aire salió de mi boca.

-¿Error? ¿Qué error? - respondí, entre escalofríos y un agudo pitido que despertaba hincándose en mi oído.

-Sí, el error. Hace tiempo. Entonces me equivoqué, y ahora me doy cuenta de lo que perdí, y de lo que pude haber tenido. 

El tiempo se paró, como concediéndome un respiro para tomar aire, y soltar lo que llevaba queriendo decir desde que desaparecimos, o desde que yo desaparecí de ella.

-Verás, algún día, dentro de unos años, nos encontraremos. Las hojas seguirán siendo grises, el frío seguirá siendo frío y las nubes seguirán tapando el sol. Y cuando nos reconozcamos, arquearé las cejas amistosamente, y tú concederás una tímida sonrisa. Seguiremos caminando, y el recuerdo de aquel efímero saludo durará poco, apenas nada. Tan solo lo suficiente como para que puedas comprender que nunca tuviste ninguna puerta cerrada. Será, un silencio, que dure lo que yo quiera que dure, que suene como yo quiera que suene, y que comparta con quien yo quiera compartirlo, porque las frases mas bonitas, están escritas en futuro. Dichas en presente. Vividas en pasado.