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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

domingo, 9 de diciembre de 2012

La soledad de los electrodomésticos II

Todavía al pensar le entran arcadas. No de asco, sino miedo, pero ahí están. Su ritmo cardíaco aumenta y el movimiento de sus párpados acelera, como tratando de acostumbrarse a una luz que no existe. Da un repentino salto hacia atrás e hinca sus ojos en las órbitas, mirando con sorpresa algo que todavía no concibe bien, y ya no le queda otra que correr. Y arrastra su fatigado cuerpo de noches en vela y palabras incandescentes, sin meta más la que alcancen sus húmedas zapatillas, sus quejosos vaqueros azules y su alma en cantinela encandilada, doblando cada esquina o agachando la cabeza si él lo cree necesario. Es un andrajoso transeunte, de esos que ni visten ropa cara ni sintonizan la emisora de ninguna radio. De vez en cuando, esboza una sonrisa falsa y emula un saludo con la mano. Tal vez respire más de la cuenta alguna que otra vez, o exponga al frío sus manos de bolsillo para encender quizás el pálido filtro de un cigarro mal apagado. Es un amistoso solitario, de esos que miran mal porque no miran nunca, de los que imagina las calles vacías y la gente sin cara, doblando la manzana a través del desde fuera ruido de sus cascos, que gritan por él en el infierno de su ruta dantesca, a la par que sigue su rutina de un Bacon suicida o un Munch perplejo.
Por las noches, la luna se cierne sobre él y el pálpito encendido de su anti-alegre tránsito, citando a Schopenhauer a las dos de la mañana, reverberando el eco de su voz podrida entre los adoquines de un callejón de diciembre y nieve, hasta caer rendido en la soledad de neón de un garito perdido lejos de su casa, a merced de ella o de sus sueños, equivalentes para este ignominioso personaje de pocas luces y demasiadas sombras.
Y en el percance de esta súbita muerte, repentina desdicha de un irónico carácter, se ve abalanzado por ella en una barbarie de lágrimas y charcos que se mezclan con el alcohol y podredumbre del tráfico y el humo que apesta a respiro y tranquilidad. Inmóvil y perplejo, ella acecha, y le coge fuertemente del brazo, permitiéndole una incorporación al mundo sensible casi eléctrica. Le susurra al oído:

-¿De qué tienes miedo? -pregunta, conociendo la respuesta del ingenuo narrador, que aún no ha caído preso de la sutil broma que le rodea-.

-¿De qué tengo miedo? -responde-. Tengo miedo de mí. De mí sin mí. De ti sin mí. De mí sin ti.

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