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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

La soledad de los electrodomésticos






Recuerdo que hubo en día en el que me echaste de menos. Aún recuerdo la tímida sonrisa y el amistoso arqueo de cejas. Era invierno y éramos en enero, febrero, el mes no importa. Las nubes tapaban el sol, y el frío curtía los nervios, tanto, que era posible cortarlo en pedacitos, como si de esas margaritas deshojadas se tratara. Yo solía mirar al suelo, como siempre, plagado de las inútiles hojas casi grises que los árboles repudian, y navegaba inmerso entre el humo de cierto tubo de escape, zambulléndome buscando la felicidad en el fondo de un vaso de apestaba a alcohol y soledad. Y de repente, esa melodía  repetitiva que surge de la nada en tu cabeza, e interrumpe el tránsito de casi nada en ti mismo. La sorpresa, que vino a raíz de las hojas, el frío y suelo, trató de levantarme aquello que por su función llamamos cabeza. Entonces la vi, te vi. Una escueta bufanda te cubría el cuello, y el abrigo azul de terciopelo falso abrigan poco, y los ojos te brillaban, aunque solo levantases la vista para no dar otro paso en falso.
Poco a poco tratamos de desviarnos en diagonal y evitar ese poco de contacto humano que nos quedaba, hasta casi rozar nuestras ropas con la pared del callejón y los árboles. Pero el camino era estrecho, y mi voluntad débil. Como si de un imán se tratara, me vi haciendo eses vergonzosamente hacia ella, y ella hacia mí, hasta que la proximidad se hizo tan cercana que no haber abierto la boca hubiera sido terrible. Balbuceé un poco, pero ella tenía la palabra:

-¿Sabes? Ahora me doy cuenta del error que cometí. - dijo ella-

Estaba hecho un manojo de nervios, y hasta entonces no fui enteramente consciente del frío que hacía, ni del calor que tenía. Las hojas y el suelo dejaron de tener la más mínima importancia. Abrí y cerré la boca en un intento de emitir aunque fuera un ruido sordo, pero ni aire salió de mi boca.

-¿Error? ¿Qué error? - respondí, entre escalofríos y un agudo pitido que despertaba hincándose en mi oído.

-Sí, el error. Hace tiempo. Entonces me equivoqué, y ahora me doy cuenta de lo que perdí, y de lo que pude haber tenido. 

El tiempo se paró, como concediéndome un respiro para tomar aire, y soltar lo que llevaba queriendo decir desde que desaparecimos, o desde que yo desaparecí de ella.

-Verás, algún día, dentro de unos años, nos encontraremos. Las hojas seguirán siendo grises, el frío seguirá siendo frío y las nubes seguirán tapando el sol. Y cuando nos reconozcamos, arquearé las cejas amistosamente, y tú concederás una tímida sonrisa. Seguiremos caminando, y el recuerdo de aquel efímero saludo durará poco, apenas nada. Tan solo lo suficiente como para que puedas comprender que nunca tuviste ninguna puerta cerrada. Será, un silencio, que dure lo que yo quiera que dure, que suene como yo quiera que suene, y que comparta con quien yo quiera compartirlo, porque las frases mas bonitas, están escritas en futuro. Dichas en presente. Vividas en pasado.


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