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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

miércoles, 16 de enero de 2013

Tan lejos y tan solo.

Encuentro apacibles ciertos momentos, a lo largo de un espacio de tiempo no determinado, aquellos en los que puedes pararte tranquilamente a soñar con quién fuiste, o con quién serás. Y son esos segundos de calma y tranquilidad, los que mantienen despierta al alma, y la mente sana. A veces cierro los ojos, y es la imagen de una noche estrellada la que cruza el telón de acero de tu cerebro. Y piensas en las estrellas, tan lejos y tan solas, mirando con los ojos abiertos al cadáver blanquecino posado en la blanca arena de una playa en China, o sintiendo el mármol frío del suelo de una alcoba vacía. ¿No es acaso bonito? El melancólico paseo de la vista que no ve, sobre una imagen que no existe. Y la fuente de imaginación, que emana más y cada vez más estrellas, para que ellas, tan lejos y tan solas, puedan mirar tu rostro mecido por el viento y llovido por las nubes, que no existen para ti, y sentir lástima de tu ignominioso cuerpo, para que tú puedas sentir lástima de sun intangible existencia o de su contorno exquisito; de su amarga silueta y cálida bienvenida. De dulce despedida.
Te gustaría estar allí arriba. Impertérrito observador de un mundo de gente en decadencia, de gente ácida como sus lenguas. Y como si de un papelillo en el respiradero de una boca de metro se tratara, te elevas con ellas, donde solo quedas tú, tan frágil y tan débil, tan hermoso y tan etéreo. Tú, tan lejos, y tan solo.

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