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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Música de vals para compañ-arte.

Hoy, me disfrazo de miedo y frío para la ocasión, preguntando firmemente a esas teclas secas, sin sonido ni alma cómo sienten aquellos que tienen la oportunidad de vivir sin la resignación de permanecer en un limbo de vacío interior con cada persona. Entonces, mis dedos responden a la llamada de un corazón henchido de latir por un suspiro moribundo, originando entre gemidos sordos el reflejo de su imagen, que vive bajo mis marchitos dedos, en una melodía arrítmicamente acompasada, como deshecha, imperfecta. Y pienso en su nombre maldito cuando mi mano derecha súbitamente se desplaza en movimientos arpegiados. Así es como la siento, bajo un cajón enorme de madera carcomida. Apenas cuatro minutos y medio de conexión perpetua. Sinestésico cuadro, triste y melancólico, que apenas me permite rozar con la punta de los dedos ese recuerdo futuro tan ansiado: mi recuerdo con ella. Así es como la siento, como una anestesiante sucesión de acordes rotos, desgajados por el tiempo, que no tocan solamente Sol menor-La bemol mayor-Sol menor, sino que tocan el cielo, durante apenas un instante. Así es como la siento, efímera y sola, lejana y rota, mientras vivo con la tristeza, triste certeza de que solo la música devuelve a la vida esa sensación tan olvidada y mustia; ese sentimiento débil pero eterno. Esos amantes en silencio. Esa vida que no acaba. Ese corazón de luto.


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