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Alcalá de Henares, Madrid, Spain
Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Sin ti

Ya no sé qué más decir. Hace tiempo que se me agotaron las palabras, y ya ni el aire cubre el almacén de recursos que estos pulmones de humo necesitan. Se me agotaron las palabras, y con ellas, una parte de mí se muere con cada una, entre pedacitos de papel incoherentes e imperfectos, que buscan una manera de encontrar su parejita descalza.
Se me agotaron las palabras, y ya no puedo decir más sin sonar descabezado. Mitad cretino mitad payaso, recordando con ternura aquellas tardes malhablando de lo más inútil y banal que nos atravesara la mente. Moriste tú, y yo morí contigo. Porque sin ti se me agotaron las palabras, se me agotó el tiempo, se me agotó la vida. Y no hay muerte más indigna que cuando se es incapaz siquiera de describir el dolor de uno honestamente. Ya no hay puñaladas sin dolor, ya no hay luciérnagas sin luz, ya no hay patios de recreo. Sin ti, se me agotaron los mañanas, las noches, las despedidas.
Sin ti se me agotó la vida.


martes, 21 de octubre de 2014

La chica del autobús 223

Anoche soñé con autobuses. Y me imaginé allí metido, como siempre. Anclado al ruido del bullicio y del atasco, de la lluvia en los cristales y del arranca-y-para del motor del vehículo. Detrás de mí, el cotorreo incesante de una señora de mediana edad que por teléfono comienza hablando del temporal que anoche anunciaron en el telediario, para finalizar con un "cumpleaños feliz" manido y forzado al sobrino de la prima segunda del tío de su conversante. En frente de mí, por el contrario, se encuentra ese tímido hombre con poco pelo y cara de terror que hay en cada vagón de metro, mirando fíjamente la portada de su libro, como temiendo lo que pueda ocurrir en su interior.

Vuelvo a bajar la mirada, y me concentro en que la próxima canción que suene le ponga una nueva banda sonora a cada escena que mis ojos miran. Los siguientes treinta segundos los pasé pulsando el botón izquierdo de móvil, aterrorizado por la música que aún queda perdida en él, cuando el parón en seco del autobús en la parada volvió a despertarme una vez más.
Y entonces entró. Una melena larga y castaña fue lo primero que llamó mi atención, y apenas pude pensar dos segundos más, cuando ella ya estaba sentada en el asiento de al lado. Llevaba una de esas faldas a cuadros que parecían sacadas del cajón de arriba de un armario de atrezzo de cabaret, y yo me pregunté si no tendría frío, claro que yo estaba pálido entonces.

Apenas podía mirarla de reojo, mientras ella se regocijaba con las vistas al asfalto y a la lluvia que ofrecía la ventana. Sacó de la bolsa de trapo que llevaba a la espalda unos auriculares blancos, y el libro "Walden" que tanto tiempo llevaba queriendo leer. Yo cerraba los ojos fuerte, muy fuerte, tratando de recordar esa cara, esa escena, atendiendo a cualquier señal que le hiciera pronunciar su nombre. Pero no lo hizo. A los veinte minutos, tras treinta y siete giros de página y seis canciones, guardó su libro en aquella bolsa, anunciando que nos quedaban tal vez una o dos paradas más. Y yo miraba el reloj, como pidiéndole al tiempo que nos dara unos segundos más. En la rotonda siguiente, se levantó, y esperó con calma apoyada en la pared a que se abrieran las puertas.

Lo último que vi de ella fue una esquina de la falda a cuadros que llevaba. Traté de no darle mayor importancia, y atribuirle ese interés a la falta de sueño, o al hambre. Pero hoy por la mañana, a la misma hora y en cada parada, entre la señora que parlotea sin cesar y el autista que no se atreve a empezar su libro, la eché de menos por primera vez. Y el asiento vacío anexo al mío se ve muy solo estando tan desocupado.

Tal vez no la vuelva a ver, o sí, quién sabe. Supongo que el futuro ahogará cualquier misterio, pero me aterra pensar en la cantidad de gente con la que cruzo la vista a diario, y que no volveré a encontrar jamás. Qué frívola es la línea de autobuses urbanos.

lunes, 14 de julio de 2014

Ceniza.

Y me repito,
y me lamento,
por todo lo que pude haber dado
por amor,
y lo que perdí en guerra.
Porque ya me da igual lo que digan,
si para mí
una palabra tuya
vale más que mil imágenes.

jueves, 10 de julio de 2014

Vida.

Yo quería vivir,

alimentándome de libros y música,
y sentarme de vez en cuando
a escribir un bonito poema
y arrojarlo al fuego
por ver arder una parte de mí.

Yo quería vivir,
vivir entre sábanas,
con aroma de sudor y ceniza,
y decirte las palabras más hermosas,
aunque a veces las frases más perfectas
se dicen en el silencio
del fundido de una vela
y una mirada.

Yo quería vivir,
solamente conmigo,
perdiendo la lucidez
con cada trago, o
escribirle cartas a un "tú" tan platónico
que olvide su significado con los años.

Yo quería vivir,
como Thoreau,
tan profundamente
para no darme cuenta,
en el momento de morir,
que no había vivido.




jueves, 3 de julio de 2014

Suitekion

Te sientes cómoda, en la cama, sonriendo mientras repites en tono una frase que te gusta de tu película favorita.
En un par de horas tal vez te entre algo de apetito, y arranques el libro con la solapa más marchita de la estantería para hacerte compañía.
Pasa la tarde, y acudes a la ventana, porque el incesante golpear de las gotas de lluvia sobre el cristal, como una fuente de agua natural, deja de sonar. Disfrutras ese olor a césped mojado, a tierra removida, y encuentras entonces el momento para sacar de debajo de la cama una pitillera falsa de plata, y te encaramas a la balaustrada de la ventana más cercana. Miras al cielo, y un tímido sol amenaza con encaramarse entre las nubes. Suspiras, y bajas la mirada, como derrotada, porque caes en la realidad de que cada una de esas gotas de agua que aún sostienen ciertas hojas del jardín trasero, han subido más alto de lo que llegarás a subir jamás.


sábado, 21 de junio de 2014

Hoy tampoco vendrás

Hoy tampoco vendrás. Sé que no vendrás. En casa te espera una copa de vino oxidado, y unos muebles cuarteados que heredaste de tu madre, junto con unos discos sueltos de la Velvet, un poster de Dylan y un cenicero sin vaciar. No vendrás, no, hoy tampoco, y nunca antes me había saciado tanto de silencio. Jamás me paré a escuchar el quejumbroso tañir del parquet con el peso, como doblándose bajo mis rodillas, ni en el firme sonido de los arietes de las cortinas al cerrarse. La voz del cartero jamás me pareció tan bella, y los pájaros ya no molestan por las mañanas.
Y es que tu voz lo llenaba todo, me llenaba entero. Y ahora el apartamento se me antoja enorme, cuando apenas cabíamos juntos en la cocina, y maldito aquel que tuviera que esperar mientras el servicio estaba ocupado. El apartamento me resulta vasto, y tú...y tú no vienes.
El reloj ya no marca las horas, porque recuerdo cómo te encantaba darle cuerda. Ahora... ahora le darás cuerda al reloj de otro, y yo...y yo te espero, por si algún día cambias de opinión, sentado en el sofá en el que solíamos terminar discutiendo, jugando a la ruleta rusa con fotos tuyas que aún conservo, matando el tiempo mientras todavía tenga fuerzas para escribirte, aunque siga sin saber tu dirección. Seguiré, aquí, esperando. Esperando, mientras tú no vienes.

jueves, 12 de junio de 2014

Ceci n'est pas une pipe

Debí imaginarte tantas veces que casi parecías estar allí presente. Tenías tu cabeza presumidamente apoyada en mis costillas, y yo respiraba vagamente, sin importarme el flujo de aire que me llegaba a los pulmones. Llevabas puesta mi camisa blanca de noche, y parloteabas "Mañana, mañana y mañana..." mientras hacía de tu pelo espirales en tu clavícula. Siempre encontrabas el momento perfecto para sacarte del bolsillo un cigarrillo torcido y maltrecho, y entonces la atmósfera de la habitación se llenaba de un humo denso y gris, pero ya estábamos acosumbrados. Yo permanecía en silencio, como adormecido por el viene y va del cigarrillo a tu boca, intrigado por cómo hacías para que la ceniza no callera al suelo. Entonces te revuelves rápidamente tirando un par de cojines al suelo, y te incorporas delante de mí, apoyando tus rodillas en mis rodillas, apurando tus últimas caladas, para arrojarlo al desafortunado cáctus de la ventana. Te paras un instante a mirar el cuadro falso de Magritte que hay colgado en la pared, y yo te digo que lo robaría un millón de veces. Tú susurras en voz baja "Ceci n'est pas une pipe, ceci n'est pas une pipe...". "No es una pipa"- la interrumpo-. Y asientes con la cabeza, sin bajar la vista del cuadro. "Si fuera una pipa, ya no sería un cuadro, al igual que una foto de la Torre Eiffel no es la Torre Eiffel. Cualquier otra figuración sería una mentira"-dices, frunciendo el ceño, como enfadada de repente-.
Y como si de un pellizco en un sueño maravilloso, sus palabras me despertaron de esa especie de fantasía irreal en la que permanecía aletargadado. Porque por mucho que me enamore una escena de una película antigua, de esas en las que las voces de los actores no importaban, por mucho que me guste un cuadro maravilloso, o un libro, no es amor. Porque un libro no es más que un libro, y un cuadro no es más que un cuadro, "y cualquier otra figuración sería una mentira". Y se me vinieron todas esas cosas bonitas a la cabeza que decirte, todos esos besos, todas esas noches...pero comprendí que aquellos momentos, aquellos pequeños pedacitos de mi vida, no eran más que noches, besos, y palabras.

viernes, 30 de mayo de 2014

viernes, 9 de mayo de 2014

Atemporal.

Quítame tu fecha,
porque no distingo de momentos.

Porque las barreras temporales son una quimera,
y datar un instante,
un movimiento,
es cosa de dioses.

Por eso quítame tu fecha,
quítame tu número,
quítame tu marca,
quítame de ti,
para marcar la diferencia
entre lo que dejamos de ser,
y lo que no seguimos siendo.

domingo, 23 de marzo de 2014

Desde el sofá del piso diecisiete

Hoy pensé en ti. Cruzaste mi mente por un instante, y hacía tanto tiempo que no lo hacías que no sabía bien cómo responder. Y es que llevo bastante tiempo sin responder; así que me quedé pensando durante un par de segundos y aproveché el silencio que me ofreciste para encender un cigarrillo en el sofá, tumbado, disfrutando un momento el olor del gas del mechero. Y me petrificaste mientras la ceniza iba consumiendo el papel que quedaba. Era deprimente. Una de esas escenas en las que esperas que el personaje en cuestión ate un cuerda al ventilador del techo y se cuelgue, o que se encarame a la cornisa del piso diecisiete en un cutre edificio de apartamentos para personas que no tienen ya nada más que perder salvo sus propias vidas.
Porque puedes edulcorar la tristeza, engalanarla hasta que incluso parezca deseable. Puedes convencerte a ti mismo y engañarte, porque yo adoraba sentirme triste, en el sentido más ruso de la palabra "tristeza". Pero todo eso llega a su fin en algún momento. Y cuando te quieres dar cuenta, ya no puedes distinguir estados de ánimo, y si miras atrás en tu pasado, ya no crees si quiera que te hayas enamorado nunca, o que hayas reventado el suelo de saltos de felicidad. Cuando te quieres dar cuenta ya has llegado tarde, y ocurre que, de vez en cuando, cuando te cruzas como un rayo en mi mente, no sé cómo responder, porque con el tiempo, se me ha olvidado sentir.

lunes, 24 de febrero de 2014

Coda

A veces te saco de mi cartera
como quien paga la cuenta de un café
en la barra de un bar,
y te leo con nostalgia
porque nosotros éramos la noche.
Es mi manera de recordar,
que mi mayor error fue presumir
de haberte olvidado,
y es que sin ti,
en el zénit,
ya no mueren más crepúsculos.



martes, 18 de febrero de 2014

Todas las luces de Madrid corean tu nombre

Eres mi sueño aletargado,
parafilia,
que nace de dentro
con sabor a carmín
y ceniza
en los zapatos.

Salvaje erupción
de mediano compás,
y todas las luces de Madrid
corean tu nombre
en el cemento.

Y cuando te hablo,
me respondes en ese dialecto
tan nupcial
como las rosas
o las espadas.

Y sigo soñando,
aletargado, enlentecido,
como máquina de flujo
eterno,
esperando a la marea que suba,
y anegue con su canto,
estos sentimientos de noctámbulo
arlequín,
y que levante con su brisa,
aquello que perdí,
de repente,
en el viento.

domingo, 16 de febrero de 2014

Diferentemente iguales

Llegué ayer sonámbulo,
a casa.
Y los vidrios de la ciudad sonaban a despedida
aullándole a la luna con un reducto
de pena y rabia,
lo que le confiere a la atmósfera ese donaire 
de soledad y lluvia.
Los adoquines progresaban tristemente
como una sucesión de unos y ceros
y los portales estaban numerados con números primos.
Entonces me pregunté cuándo terminaba la calle,
y conté, y no dejé de contar,
porque estas ganas de hacer nada
van a acabar con todo.

(y aquí sigo
buscando el portal de mi casa,
en una recta de adoquines contínuos,
y números especiales.)

domingo, 19 de enero de 2014

Como un panal infinito.

Y aquí sigo, tambaleándome de vez en cuando como quien huye de las hojas que caen, o del viento. Y es que el mundo a veces me marea, yendo de cuando en cuando de puerto en puerto, soportando los vómitos de la gente en las esquinas y su pesar casi tan negro como sus pensamientos. Podredumbre de sociedad que asquea incluso a los que aún no han sido testigos, a los no-natos. A todos aquellos que una vez quisieron creer en la existencia de bondad y luz, sustitutos pasajeros de la humillación.
A veces salgo a la calle, para complacerme con ese hábito tan placenteramente aciago, escapando de las siluetas de almas torcidas que caminan, y su renquear simulado de orgullo y vanidad. Hijos de Caín, que buscan las sombras porque el Sol les quema, encontrando en la lujuria del dinero el poder que no fueron capaces de hallar por ellos mismos. Viven tan solo para morir contentos, bajando el listón de una meta que ahora se esconde bajo tierra. Qué triste paisaje el que dejan tras de sí, tan caídos, tan moribundos.
Ya no queda más que esas sonrisas camufladas, esas lágrimas simbólicas, esas morales cáusticas y tenebrosas, ennegrecidas y asfaltadas por carreteras de mugre y hollín, por las que pasean sin vida diariamente. Y es que el tiempo pasa demasiado despacio para una visión tan pesimista del presente, que al fin y al cabo tiene de real lo que el reflejo de un contorno en un cristal roto. Es mi visión. No os pido que la compartáis ni que la respetéis, porque como todo aquello que he mencionado antes, no deja de estar contagiada por el mismo virus que penetra en todos nosotros, debilitándonos poco a poco, convirtiéndonos en una corte real de trajes grises y maletines de empresa.