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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

domingo, 23 de marzo de 2014

Desde el sofá del piso diecisiete

Hoy pensé en ti. Cruzaste mi mente por un instante, y hacía tanto tiempo que no lo hacías que no sabía bien cómo responder. Y es que llevo bastante tiempo sin responder; así que me quedé pensando durante un par de segundos y aproveché el silencio que me ofreciste para encender un cigarrillo en el sofá, tumbado, disfrutando un momento el olor del gas del mechero. Y me petrificaste mientras la ceniza iba consumiendo el papel que quedaba. Era deprimente. Una de esas escenas en las que esperas que el personaje en cuestión ate un cuerda al ventilador del techo y se cuelgue, o que se encarame a la cornisa del piso diecisiete en un cutre edificio de apartamentos para personas que no tienen ya nada más que perder salvo sus propias vidas.
Porque puedes edulcorar la tristeza, engalanarla hasta que incluso parezca deseable. Puedes convencerte a ti mismo y engañarte, porque yo adoraba sentirme triste, en el sentido más ruso de la palabra "tristeza". Pero todo eso llega a su fin en algún momento. Y cuando te quieres dar cuenta, ya no puedes distinguir estados de ánimo, y si miras atrás en tu pasado, ya no crees si quiera que te hayas enamorado nunca, o que hayas reventado el suelo de saltos de felicidad. Cuando te quieres dar cuenta ya has llegado tarde, y ocurre que, de vez en cuando, cuando te cruzas como un rayo en mi mente, no sé cómo responder, porque con el tiempo, se me ha olvidado sentir.