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Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

martes, 21 de octubre de 2014

La chica del autobús 223

Anoche soñé con autobuses. Y me imaginé allí metido, como siempre. Anclado al ruido del bullicio y del atasco, de la lluvia en los cristales y del arranca-y-para del motor del vehículo. Detrás de mí, el cotorreo incesante de una señora de mediana edad que por teléfono comienza hablando del temporal que anoche anunciaron en el telediario, para finalizar con un "cumpleaños feliz" manido y forzado al sobrino de la prima segunda del tío de su conversante. En frente de mí, por el contrario, se encuentra ese tímido hombre con poco pelo y cara de terror que hay en cada vagón de metro, mirando fíjamente la portada de su libro, como temiendo lo que pueda ocurrir en su interior.

Vuelvo a bajar la mirada, y me concentro en que la próxima canción que suene le ponga una nueva banda sonora a cada escena que mis ojos miran. Los siguientes treinta segundos los pasé pulsando el botón izquierdo de móvil, aterrorizado por la música que aún queda perdida en él, cuando el parón en seco del autobús en la parada volvió a despertarme una vez más.
Y entonces entró. Una melena larga y castaña fue lo primero que llamó mi atención, y apenas pude pensar dos segundos más, cuando ella ya estaba sentada en el asiento de al lado. Llevaba una de esas faldas a cuadros que parecían sacadas del cajón de arriba de un armario de atrezzo de cabaret, y yo me pregunté si no tendría frío, claro que yo estaba pálido entonces.

Apenas podía mirarla de reojo, mientras ella se regocijaba con las vistas al asfalto y a la lluvia que ofrecía la ventana. Sacó de la bolsa de trapo que llevaba a la espalda unos auriculares blancos, y el libro "Walden" que tanto tiempo llevaba queriendo leer. Yo cerraba los ojos fuerte, muy fuerte, tratando de recordar esa cara, esa escena, atendiendo a cualquier señal que le hiciera pronunciar su nombre. Pero no lo hizo. A los veinte minutos, tras treinta y siete giros de página y seis canciones, guardó su libro en aquella bolsa, anunciando que nos quedaban tal vez una o dos paradas más. Y yo miraba el reloj, como pidiéndole al tiempo que nos dara unos segundos más. En la rotonda siguiente, se levantó, y esperó con calma apoyada en la pared a que se abrieran las puertas.

Lo último que vi de ella fue una esquina de la falda a cuadros que llevaba. Traté de no darle mayor importancia, y atribuirle ese interés a la falta de sueño, o al hambre. Pero hoy por la mañana, a la misma hora y en cada parada, entre la señora que parlotea sin cesar y el autista que no se atreve a empezar su libro, la eché de menos por primera vez. Y el asiento vacío anexo al mío se ve muy solo estando tan desocupado.

Tal vez no la vuelva a ver, o sí, quién sabe. Supongo que el futuro ahogará cualquier misterio, pero me aterra pensar en la cantidad de gente con la que cruzo la vista a diario, y que no volveré a encontrar jamás. Qué frívola es la línea de autobuses urbanos.