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Alcalá de Henares, Madrid, Spain
Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.

domingo, 26 de julio de 2015

Resbalamos del cielo una ternura imposible
una gracia arquetípica.
Reimos a aquellos
que en su febril intento de ascensión terminaron
en una lucha a ciegas,
baldía.
Creímos entonces en nosotros,
aun siendo nadie.
Y nos vimos capaces de sobrevivir
rodeados de aquel mantón gris
que envolvía el resto.
Caímos en esa casilla maldita,
en el pecado del tiempo,
y cada día desde entonces
era invierno una vez más.
Ya no quedó nada
de lo que un día contruimos,
solo nosotros,
desfigurados.
Dos soldados que quedan en pie
frente al campo de batalla
contemplando con una rabia descomunal
el escenario grotesco
al que asistimos.
Aquel día el tiempo paró para nosotros un momento,
tan solo para dejarnos comprender
todo lo que habíamos perdido.
Quedamos los dos, sí,
pero ya no quedó nada.
Como un bosque que se esconde
de un incendio imparable.
Quedó el humo
en una habitación ocupada
en la que ya nadie respira.
Y mi carne
aún llora,
las cicatrices de nuestra caída.

sábado, 18 de julio de 2015

Hoy brindo por ti, sí,
y quizás también
brinde por mi
y por todo.
Por cruzarme tu rostro mañana
brindo,
por quitar las telarañas de tu nombre
y porque es Sábado
y no llueve
y pienso en ti
y pienso en nada.
Brindo por todo lo que no dijiste,
brindo
por todo lo que no dijimos.
Hoy brindo,
brindo más que nunca
por todos esos caminos
que nunca andamos.
Hoy brindo
por todas esas noches
que nunca compartimos.

jueves, 14 de mayo de 2015

Quiero dejar el hábito,
de subirme a tus tejados por la noche.
De sentir el calor de los tubos de escape calle arriba.
En la química de un atasco.
Chocando entre farolillos y la niebla,
y tosiendo de vez en cuando,
como quien ríe de una broma estúpida.
Quiero dejar el hábito,
de escurrirme entre tus huesos por el mármol blanco de la cocina.
De jugar por los pasillos como críos.
De callar cuando no debo, de hablar
cuando no callo.
Y es que éramos críos,
porque entendíamos la vida como un juego,
que perdimos.
Al final del día,
callábamos a las almohadas con un grito sordo
para no asustar al vecino,
y canturreábamos una melodía graciosa
que componíamos a miradas.
Miradas vacías.
Porque ya no queda hábito que refleje nuestras caras.
Ya no queda nada.
Y nos olvidamos poco a poco
de cuándo el mármol dejó de ser tan blanco o los coches
tan eléctricos.
Como un guiño del destino.
O un final abierto.